Destino parte I

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El romanticismo está en todos lados, grandes, chicos, animales y humanos. Una flor recogida en el campo y entregada con todo el cariño sincero, es un hermoso y puro detalle, el más antiguo de los detalles. ¿Quien necesita un ramo que cueste mucho dinero? es por eso que esta historia vale la pena contarla…

En algún pueblo del mundo, donde aún se tiene el concepto del cortejo, la pureza antes del matrimonio y el respeto de tiempos de antaño, vivía una joven chica, no más de 20 años, cuyo nombre era Isabel.
Isabel era hija de un comerciante, dueño de una pequeña tienda que vendía casi de todo, su mamá cosía y atendía la casa, por lo tanto ella debía ayudar a su papá, pero sin dejar a un lado sus actividades de la Iglesia.

Un día el padre del pueblo se enfermó de gravedad y pidió a un ayudante, un párroco joven a quien delegarle sus responsabilidades, él ya estaba muy mayor y no creía poder seguir con la guía de todos sus feligreses; la espera fue larga, tres domingos pasaron antes de poder recibir noticias; ¡al fin una carta llegó!

“Querido Padre Antonio

Le enviaremos al padre Miguel, no tiene mucho de estar en el campo pero es un muchacho emprendedor, con ideas muy buenas y dispuesto a enfrentar los retos, consideramos que es un buen candidato para que cubre su puesto”

– Padre Miguel- dijo el sacerdote- que Dios ilumine tu entendimiento y me dé fortaleza para guiarte en este trabajo.

Pasaron tres días y el nuevo padre llegó, nadie lo vio  pues llegó de madrugada, El Padre Antonio lo recibió, feliz de tener ayuda, alguien que diera la misas sin toser a cada rato.

El Padre Miguel era un joven delgado, de aspecto muy seguro, cabello castaño y ojos color miel, su sonrisa era lo que más notaban, cada vez que lo hacía, destellaba esperanza y felicidad, como si nada pudiera salir mal.

Había un grupo de personas, mujeres en su mayoría, que participaban en las actividades de la Iglesia, entre ellas estaba Isabel, el primer día del Padre Miguel fue presentado ante dichas personas:

– Por favor en lo cotidiano llámenme Miguel, mirenme como un amigo guía, más que como un castigador, vengo de una gran ciudad y he aprendido a mantener mi mente abierta. Recuerde que los hombres no somos juzgadores, pero sí pecadores; sólo el verdadero arrepentimiento hará la diferencia en nuestras almas.

Estas palabras se quedaron grabadas en la mente de Isabel, para ella, que había vivido en un pueblo con costumbres tan cerradas, el juzgar había sido el día a día. La tarde transcurrió tranquila, Isabel era muy tímida y se limitaba a asistir en todo, sin exponerse demasiado.

Semanas despues Miguel se le ocurre hacer pequeños cambios, tanto en la manera de dar los semones como en las canciones del coro: – Sólo serán pequeños cambios Padre Antonio, estas personas no admiten nuevas cosas, y son muy duras con sus hermanos, no admiten las cosas diferentes a como ellos las piensan, hay que mostrarles un punto de vista diferente.

– Sólo te pido que tengas cuidado, debes ser muy sutil, aún no se acostumbran a que seas tú y no yo quien dirija la misa- Advirtió el Padre Antonio

Pensó en un sermón que invitara a la tolerancia, respeto y el perdón, su meta era cero juez en el pueblo, pues las personas se fijaban hasta en el color de la ropa de alguien que supondría estar de luto, las cantantes del coro eran todas mayores, así que tendría que mezclarlas con las voces jóvenes en una melodía un poco más alegre.

Pensando en sus planes silenciosamente, paseaba por el templo cuando escuchó una voz que lo hizo detenerse, casi sin respirar; melodiosa, dulce, suave, casi como el sonido del viento resoplando en el campo; se acerca con cuidado y descubre a una joven de cabello muy corto oscuro, con un vestido que no parecía de ella de lo grande que le quedaba, ojos expresivos de color negro, tez blanca con mejillas tostadas por el sol, la recordó como una chica que pertenecía al grupo activo de la Iglesia, pero no recordaba su nombre, por no ser imprudente comenzó a cantar también  ruidosamente, como si no la hubiera escuchado; Isabel dió un salto y se cayó inmediatamente. El Padre Miguel pasó el resto de la tarde conversando con ella, explicando alguno de los cambio que quería implementar en el coro. – Isabel ¿Qué te parece si cantas en el coro?, El Señor estaría complacido de ver que la comunidad joven del pueblo se une a sus alabanzas  ayudarás a que los demás se animen- Isabel no pudo negarse, su amor por la Iglesia y la gentileza del padre se lo impedían.

Así fue, Isabel impulsó a otros jóvenes a unirse, mientras que todos se sorprendían de lo hermosa que era su voz, los padres de Isabel se sentían enormemente orgullosos, mientras que la amistad con el Padre Miguel se hacía cada día más sólida, al punto de tener la necesidad de verlo todos los días.

Ya se acercaba diciembre y las actividades en la Iglesia eran cada vez más, Isabel y Miguel trabajaban en nuevos proyectos: – Este año propondré un pesebre viviente, participará todo el que quiera, no importa si es todo el pueblo- dijo Miguel una noche muy entusiasmado al padre Antonio y a Isabel

– De verdad estoy impresionado con la participación de todos dentro de la Iglesia, ahora se ha convertido en una comunidad más tolerante y sonriente, y mi salud cada día está mejor- dijo alegremente el Padre Antonio- por los momentos me iré a descansar, los dejo preparando la verbena de mañana.

Isabel sintió que pronto el Padre Miguel ya no sería necesario, entonces en ese momento se dio cuenta de algo, a su juicio, espantoso… se había enamorado de Miguel

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